• junio 24, 2021

Sigue creciendo el movimiento de Huertas Comunitarias en Florencio Varela

PorDamian Mereles

Ene 15, 2021

El cultivo de alimentos es una actividad que se encuentra ligada al desarrollo de las sociedades humanas y entrelazada a ella se ha escrito nuestra historia. La domesticación de semillas, las primeras máquinas manuales, el control de plagas, los fertilizantes, la mecanización, el monocultivo, los agroquímicos.  La forma en que una sociedad produce y distribuye su alimento va más allá de una cuestión económica, sino que es una cuestión política, que hace a la seguridad alimentaria, es decir, a la posibilidad de poder alimentarse de una sociedad, y a la soberanía alimentaria, entendida como la potestad de planificar qué, y cómo se cultiva, y para quien.

En un modelo productivo que se encuentra definido por un orden internacional del trabajo, en donde los países se encuentran mayormente divididos entre aquellos que son productores y exportadores de materia prima y aquellos que generan valor sobre esa materia prima dedicándose a la exportación de productos manufacturados, nuestro país, con una gran extensión de tierras fértiles, es un gran productor de granos, principalmente de trigo, maíz y soja.

Este modelo exportador basado en la agricultura intensiva se caracteriza por utilizar grandes extensiones de tierra para un único tipo de cultivo, empleando maquinaria especializada, baja cantidad de mano de obra y altas concentraciones de fertilizantes y pesticidas. Las consecuencias de este tipo de cultivo son el agotamiento de la capacidad productiva del suelo, la contaminación de los cursos de agua con los excedentes de químicos aplicados, y una constante búsqueda de nuevas tierras para cultivar, también conocido como avance de frontera agroecológica, con un persistente y peligroso avance sobre ecosistemas nativos, como bosques y pastizales, con afectación de la flora y fauna se encuentran previamente en estos territorios. También se generan distintos tipos de conflictos con comunidades campesinas y de pueblos originarios, que se ven desplazados por la presión que grandes empresas ejercen sobre ellos y la forma de producción alternativa que llevan a cabo. Y como consecuencia de estos conflictos, los saberes ligados a formas de producción recopilados después de siglos de prácticas, se van degradando.

La calidad de exportador de nuestro país genera una puja dentro de la actividad agrícola, y nos encontramos en una dicotomía del uso del suelo: ¿producir divisas o producir alimentos de calidad para quienes habitan el territorio? Y, una vez abierta esta discusión, cabe seguir preguntando: ¿qué cultivamos? ¿dónde? ¿cuánto? ¿para quienes?

En este marco nos encontramos con formas de producción que son alternativas, que dan batalla a distintas escalas. Este es el caso de la huerta agroecológica “Viento” que se encuentra activa en terrenos lindantes a la Estación de Ferrocarril de Florencio Varela y “Fuego” cerca de Senzabello.  Allí un grupo de voluntarios trabaja en pos de una triple tarea: generar alimentos, dar herramientas a quienes se acercan al espacio para que puedan replicar la experiencia allí donde la tierra lo permita, y generar lazos de pertenencia entre los vecinos y la tierra que habitamos.

Esta experiencia se encuentra impulsada, entre otras personas, por Matías Farías (29), vecino de Florencio Varela y estudiante de la carrera Gestión de la UNAJ. Él y Tamara Caserotto Miranda (27) estudiante de Administración Agraria, también en la UNAJ comenzaron dentro de un grupo de vecinos con intereses en temática ambiental y comunitaria, bajo el nombre de “Seamos Realistas Argentina”, en donde se realizaron distintos tipo de actividades, comenzando con una jornada para el día del niño en 2012 en la plaza que está al lado de la estación, luego se siguió con eventos para la recolección de materiales reciclables en donde, a cambio, se entregaba un plantín, y un año después surgió la idea de armar ahí mismo una huerta, para interactuar con niños, con vecinos, generando pertenencia y embelleciendo un poco el espacio. Con el pasar del tiempo se fueron sumando plantines, personas, se empezaron a generar jornadas para dedicarle trabajo al espacio.”

“El intercambio entre vecinos y vecinas se da a través de los encuentros llamados Gratiplantas, cuya idea es precisamente es que no haya compra ni intercambio de plantas. Este evento lo hicimos semanal, quincenal y mensualmente, depende el momento.” El evento Gratiplantas logró llegar a distintos lugares de Zona Sur, con buena convocatoria y se instaló como espacio de intercambio de experiencias, saberes, ayuda. Se sostuvo desde que empezaron en 2014 hasta el comienzo de la pandemia. “Hacíamos sorteos, trabajábamos con otras huertas comunitarias, se acercaban personas de otras localidades e incluso de Capital. Fuimos enriqueciéndonos y formamos Red de Huertas Comunitarias”

El proyecto, que fue aumentando su repercusión, tiene varios objetivos “Uno es que la gente tenga más conciencia sobre los alimentos y sobre la naturaleza. También que cada uno se empodere en su comunidad, que cada uno tome la plaza de su barrio y pueda transformar la realidad”. Aún así, el camino no es todo color de rosas, hay dificultades desde el orden de lo climático hasta lo humano. “La huerta Viento está muy cerca del hormigón, en verano las plantas se queman, pero en invierno es una ventaja. La huerta Fuego tiene inconvenientes del orden humano. Detrás de la huerta hay personas con situación de calle durmiendo, o recuperadores que utilizaban el espacio para depósito.” A su vez, comenta, ambas presentan un desafío para mantenerlas libres de residuos.

Actualmente, en pandemia, se sumaron nuevos desafíos, pero también surgieron nuevas oportunidades. El año pasado empezaron a trabajar con el bolsón de verdura agroecológica llamado “El bolsón colaborativo” y desde abril del año pasado se trabaja con productores locales que se quedaron sin sus canales habituales de venta, acercándolos a la gente a través de una plataforma web. Actualmente cuentan con varios nodos de entrega en Varela, Quilmes y Berazategui.

En cuanto a las huertas comunitarias “estuvimos varios meses casi sin trabajar, solamente haciendo lo básico. El mantenimiento se nos está haciendo muy difícil, entonces armar jornadas de trabajo puntuales con pocas personas, tratando de optimizar el tiempo y los materiales para que las huertas vuelvan a tener brillo de siempre.”

La agroecología, poco a poco, se va abriendo paso y de a poco los grandes núcleos de consumidores van cuestionándose acerca de lo que se come, de dónde viene, qué tan sostenible es. Las producciones libres de agrotóxicos y la rotación de cultivos van generando más interés. Poco a poco, va aumentando la oferta que permite una alternativa a la dirección que se nos venía imponiendo, y el autocultivo también se abre como una opción a explorar. “Claramente el modelo agroecológico es mucho más sustentable que el modelo intensivo, eso sin duda, pero hay muchos factores económicos que nos exceden. Nuestra idea es fomentar la soberanía alimentaria, que cada uno sepa de dónde provienen los alimentos, que sea consciente. Brindar toda la información: la que se muestra y la que los medios de producción no te muestran. Que nuestras producciones sean más sustentables, más amigables con el ambiente en general.”

Si estás interesado en acercarte para voluntariar, podés encontralos en Facebook en “Red de huertas comunitarias”. También podés buscar a “El bolsón colaborativo” y dar una mano a productores locales.